Cuando la armonía del universo pasa por nuestra mente, por nuestro espíritu, por nuestro cuerpo y se convierte en trazos y en colores sobre un papel, en una forma de arcilla, en una canción o en un salto y giro en el espacio, el hecho artístico está sucediendo.

El universo como originaria obra de arte de la naturaleza, se expresa como un todo, aunque nosotros sólo podamos percibirlo parcialmente.

De aquí que el vincular distintos lenguajes expresivos en un mismo tiempo y espacio, sea un recurso para recuperar algo de esa plenitud, en tanto esta interacción favorece una percepción holística de la vida.
Esto acontece, por ejemplo, cuando nos disponemos a dibujar, a pintar o a modelar algún material y acompañamos ese momento creativo con música.

Sin pretender gobernar nuestra mente y lejos de esa intención, el movimiento de nuestras manos se impregnará de la energía que fluya a través de la música y sin dudas incidirá en el manejo del pincel, de las herramientas, motivando a la elección de uno u otro trazo, de uno u otro color.

Cuando hablamos del lenguaje musical, nos referimos muchas veces a texturas del sonido, que surgen de las distintas fuentes sonoras, al color de las voces, a las líneas melódicas que se destacan y entrelazan en una sonata.

Hablamos de la vibración que emana de los colores, como que es un fenómeno que se explica desde la física, en cuanto comprendemos que lo que percibimos es esencialmente vibraciones de la luz, así como percibimos las vibraciones del sonido en un concierto.

“Todo tiene que ver con todo“ y a la hora de expresarnos, cuando los lenguajes son múltiples y operan en red, el resultado es que aquello que estamos manifestando, adquiere más intensidad, más plenitud, más fidelidad al sentimiento que se intenta trasmitir.

Puestos a considerar una posible actividad que proponer a niñas y niños, debiéramos tener en cuenta entre tantas otras cosas que hacen al manejo de los materiales y herramientas según las distintas edades, que la música que pongamos para acompañar ese momento de expresión plástica, sea dibujando, pintando, plegando y cortando o modelando, incidirá en la acción que los pequeños desarrollen.

Pongamos por ejemplo a un niño de 2 años, a quien le ofrecemos un espacio seguro, en donde encuentre unos papeles en blanco y recipientes con témpera de varios colores.

Si a esa escena le agregamos una música serena, con sonidos suaves y prolongados, a bajo volumen, es muy probable que esto invite a un manejo de esos colores, que de alguna forma se cargue parcialmente de esas intensidades y modos provenientes de la música.

Por eso debemos suponer, que si ponemos música muy fuerte, con ritmos rápidos y bien marcados, con texturas sonoras ásperas, notas muy extremas y saltos repentinos, el manejo que el niño espontáneamente hará de esos materiales, será bien distinto y es posible que las témperas acaben saliendo cargadas de energía, mucho más allá del límite que propone esa hoja de papel.

Si se trabaja con tijeras, punzones u otros objetos con los que pudieran dañarse involuntariamente a sí mismos o a sus compañeritos de trabajo, debiéramos prestar especial atención a la energía que la música elegida enviará a sus manitos y a todo su cuerpo.

Finalmente digamos que la experiencia de agregar música al momento de las manualidades, siempre será enriquecedora, en tanto nos hagamos cargo de que estaremos manejando otra energía poderosa, que de modo invisible, llega a todos nosotros y por lo tanto debe ser utilizada criteriosamente.

 

Por Daniel Allaria